
Gracias Yaya, por ser la superabuela genial, creativa y la que me enseño a pintar esos árboles tan grandiosos y originales como lo eres tú.
Siempre me acordaré, yaya, yayica, de los chocolates con churros que nos tomábamos tú y yo al salir de misa, cuando apenas yo tenía ocho años. Para mí era un momento muy especial, único. Y por supuesto, siempre recordaré cuando, tumbadas en la cama, me contabas cómo mis muñecos se comunicaban entre ellos sólo cuando yo dormía. Ahí comencé a desarrollar mi imaginación.
Gracias Yaya, gracias por todas esas cosas tan maravillosas que compartiste conmigo a lo largo de tu vida. Te quise, te quiero y te querré siempre... Allá donde estés, en ese lugar sobre el arcoiris, donde los sueños se hacen realidad...
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